Mentalidad Empresarial

Jesús de Nazareth dijo que “Al que cree todo le es posible.” ¿Sabes cuáles son tus creencias?

Lo que define el éxito o fracaso de una persona son sus creencias. No sus conocimientos, no su dinero, no sus contactos o su apellido; ni siquiera la inteligencia, sino sus CREENCIAS.

Pablo, en su carta a la comunidad de los Corintios, decía: “vivimos por fe, no por vista” (ver 2 Corintios 5:7). La fe es, sobre todo, EL MÁS ELEVADO ACTO DE CREENCIA. Ya antes el Nazareno lo había advertido en Marcos 9:23 cuando dijo: “si puedes creer, al que cree todo le es posible.” La pregunta es: ¿somos conscientes de nuestras creencias? ¿Tenemos creencias de riqueza o de pobreza? A juzgar por lo que se ve, la mayoría hemos sido criados con creencias limitantes, las mismas que resultan como pequeñas celdas en las que confinamos nuestro potencial.

Por ejemplo, en algunos lugares de nuestro país no te venden sal de noche porque “trae mala suerte.” Debe ser de aquí que surge la popular expresión que sugiere que cuando a alguien le va mal es porque es “salado.” Desde los viejos tiempos y en muchas culturas alrededor del mundo la sal, ingrediente básico de nuestra gastronomía, ha sido usada como elemento supersticioso. Ya en los teatros japoneses los actores ponían sal en las esquinas del escenario principal para “ahuyentar a los espíritus malignos.” Generación tras generación, las creencias son un modo de herencia cultural. Pondremos algunos otros casos: hay lugares de nuestro país en los que, durante la noche, no se puede barrer la casa. Y si se barre, debe ser barrida para adentro, nunca para fuera: así no botamos la suerte.

Aquí la fuerte creencia siempre es en la suerte. Cuando a veces las personas se despiden de una conversación, se despiden diciendo más o menos lo siguiente: “chau, suerte, que te vaya bien.” ¿Qué tanto cree usted en la suerte? Y esto es algo que viene desde la infancia. En los colegios muchas veces se sortea canastas para el día de la madre. Entonces el niño que gana recibe la etiqueta de “suertudo”, y los que nunca sacan nada son “piñas, salados, mala suerte.” He encontrado a personas mayores, muchos de ellos separados o en matrimonios complicados, que abiertamente dicen: “es que yo para el amor no he tenido suerte…”

¿Es la suerte o es que nos programamos para fracasar y nos justificamos con ella? Creencias, señores, CREENCIAS. A veces, estas creencias nos son instaladas y nosotros ni cuenta nos damos. Sobre este particular le relataré una breve historia: Un pequeñísimo pueblo una familia pobre tiene un mueble en la sala de la casa. Le llaman “la cómoda” y allí la mamá guarda un juego de platos y tasas de porcelana. Hace años una tía se los regaló y desde entonces son guardados con especial cuidado.

Lo curioso es que aquellos platos y tasas solo son usados cuando hay visita o para el cumpleaños de alguno de los cuatro niños que, además, son los únicos días en los preparan “una comida especial” para agasajar al cumpleañero. Quiero que note lo siguiente: Esa madre, en su desconocimiento y con total inocencia, está instalando una creencia en sus hijos. Primero, inconscientemente les está diciendo: “no somos merecedores.” “Guardemos y cuidemos esos platos porque son finos y se pueden romper.” Y, segundo, observe que a esos niños solo se les prepara una comida especial cuando hay cumpleaños. ¿Por qué no se les puede preparar algo especial un día cualquiera? A esos niños se les está enseñando “que tienen que esperar una fecha especial para hacer algo especial” Es, por decir lo menos, una creencia limitante, un modo solapado de conformismo y pobreza.

Revisar nuestras creencias, seguirle el rastro a nuestra pobreza para saber de dónde nos viene y superarla. Una vieja creencia solo puede ser reemplazada por una nueva creencia y exige compromiso porque no se hace de un día para otro. No se hace leyendo un libro o escuchando un audio, se hace todos los días, acción por acción. Es un proceso. A un amigo le hicieron creer que el título profesional era “el pasaporte” del éxito. Su papá le aconsejaba diciendo con especial rigor: “estudia para que seas alguien en la vida.” “saca tu título para que tengas algo con que defenderte.” Tan fuerte fue esa idea, que el tipo pensaba que sin el cartón era un don nadie. Señores, todo es CREENCIA. La razón por la que un rico hace negocios sin dinero es porque CREE que puedo hacerlo. La razón por la que un pobre no hace un negocio es porque CREE que no puede. ¡Creencias, no hay más!

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Juan Carlos Atoche

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