Categorías: Mentalidad Empresarial

No vivas para juzgar, vive para sumar

Muchas veces juzgamos desde lo que creemos saber, y en ocasiones, suele ser un gran error.

Un día cualquiera un señor regresaba junto a su hijo en un autobús. El chico parecía tener unos 24 años y viendo a través de  la ventana del autobús gritó:

¡Papá , mira los árboles como van corriendo hacía atrás… el papá sonrió, y una pareja de jóvenes sentados cerca, miraron al joven de 24 años con  conducta infantil y murmuraron que ya estaba viejo como para andar diciendo eso.

El joven otra vez exclamó: ¡Papá mira las nubes, están corriendo con nosotros!

La pareja no pudo resistirse y le dijo al anciano: ¿Por qué no llevas a tu hijo a un buen medico? Ya está grandecito como para que se siga comportando como un niño…

El anciano sonrió y dijo: “Ya lo hice”, amigo. Venimos del médico. Y apenas estamos viniendo de la clínica, mi hijo era ciego de nacimiento y hoy, gracias a Dios, por primera vez puede ver. Por eso está emocionado.”

La pareja de jóvenes quisieron tragarse lo que habían dicho.

LA MORALEJA DE ESTA PEQUEÑA HISTORIA ES QUE CADA PERSONA EN EL PLANETA VIVE SU PROPIA SITUACIÓN. NO PUEDES JUZGAR A LA GENTE ANTES QUE REALMENTE LOS CONOZCAS…LA VERDAD PUEDE SORPRENDERTE.

A veces las personas se comportan de cierta manera porque están atravesando situaciones muy dolorosas. Entonces nosotros los juzgamos desde nuestros paradigmas, desde nuestros propios prejuicios.  Stephen Covey, el autor del famoso libro Los 7 Hábitos de la Gente Altamente Efectiva, contó una anécdota personal. Dice que era un domingo en la mañana, y el vagón del tren estaba muy tranquilo. Las personas estaban, en su mayoría, leyendo o descansando con sus ojos cerrados.

En ese momento, entra un hombre al vagón con sus hijos. Inmediatamente, la escena cambió: los niños comenzaron a gritar y lanzar cosas, molestando a todos. Mientras tanto, el padre solo se sentó y cerró sus ojos.

Covey se sintió tan irritado por la perturbación y la aparente indiferencia que le pidió controlar a sus hijos. Con voz tranquila, el hombre contestó disculpándose y aceptando que debía hacer algo para calamar a sus hijos. Muy triste el hombre dijo:

“Usted tiene razón, caballero. Debo hacer algo, pero no sé qué decirles, ni qué hacer. La mamá de mis hijos acaba de fallecer hace una hora y todos están estado de shock.”

Covey dice que en ese momento sus paradigmas cambiaron completamente. De estar molesto por la bulla de los niños, pasó a sentir compasión y deseo de ayudar.

A veces eso es lo que necesitamos… escuchar a los demás para comprenderlos. Ya lo dice la vieja frase que “tenemos que ponernos en los zapatos del otro.” Vivir sin juzgar, sin criticar… vivir para comprender, para apoyar, para sumar, para amar…

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