Historias y Reflexiones

Si quieres acabar con la pobreza, tienes que matar tu vaca

Una inspiradora historia para acabar con la pobreza.

En la vida diaria muchas veces nos encontramos con lecciones que nos permiten sensibilizarnos ante la realidad y circunstancias de la vida. Hay ocasiones en que no nos damos cuenta, o peor aún, no queremos darnos cuenta de la realidad, lo que ocurre a nuestro alrededor, pues es más fácil hacerse el desentendido que enfrentar los problemas.

Existen muchas maneras de entrar en razón, una de ellas es a través de historias o fábulas que nos permitan mirar más allá de lo que nuestros ojos pueden ver. Por tal motivo, le traemos la siguiente historia. En ella, un hombre mayor le enseña a su discípulo de una manera algo fuera de lo común, cuáles son nuestras ataduras; cadenas que nos mantienen atados al conformismo y no nos permiten salir de nuestra zona de confort.

Lo particular de este mensaje, es que el maestro no solo usó la teoría para explicarle a su joven alumno, sino que fueron a la práctica, la misma que para el novato, fue un poco dura al principio, pero bastante fructífera al final.

Veamos a continuación la siguiente historia: “la culpa es de la vaca”.

Historia de la vaca:

La historia cuenta que un viejo maestro deseaba enseñar a uno de sus discípulos la razón por la cual muchas personas viven atadas a una vida de conformismo y mediocridad y no logran superar los obstáculos que les impiden triunfar.

No obstante, para el maestro la lección más importante que podía aprender el joven discípulo era observar lo que sucede cuando finalmente nos liberamos de aquellas ataduras y comenzamos a utilizar nuestro verdadero potencial. Para impartir su lección al joven, el maestro decidió que aquella tarde visitaran juntos algunos de los parajes más pobres de la provincia. Después de caminar un largo rato encontraron el vecindario más triste y desolador de la comarca y se dispusieron a buscar la más humilde de todas las viviendas.

Aquella casucha a medio derrumbarse, que se encontraba en la parte más alejada del caserío era, sin duda alguna, la más pobre de todas. Sus paredes se sostenían en pie de milagro aunque amenazaban con venirse abajo en cualquier momento; el improvisado techo dejaba filtrar el agua, y la basura y los desperdicios se acumulaban a su alrededor dándole un aspecto decrépito y repulsivo. Sin embargo, lo más sorprendente de todo era que en aquella casucha de apenas seis metros cuadrados vivían ocho personas.

El padre, la madre, cuatro hijos y dos abuelos se las arreglaban para acomodarse de cualquier manera en aquel reducido espacio. Sus ropas viejas y remendadas, y la suciedad y el mal olor que envolvía sus cuerpos, eran la mejor prueba de la profunda miseria que ahí reinaba. Sus miradas tristes y sus cabezas bajas no dejaban duda de que la pobreza y la inopia no sólo se habían apoderado de sus cuerpos sino que también había encontrado albergue en su interior.

Curiosamente, en medio de este estado de penuria y pobreza total la familia contaba con una sola posesión extraordinaria bajo tales circunstancias, una vaca. Una flacuchenta vaca cuya escasa leche le proveía a la familia un poco de alimento para sobrevivir.

La vaca era la única posesión material con la que contaban y lo único que los separaba de la miseria total. Y allí, en medio de la basura y el desorden, el maestro y su discípulo pasaron la noche. Al día siguiente, muy temprano, asegurándose de no despertar a nadie, los dos viajeros se dispusieron a continuar su camino.

Salieron de la morada pero, antes de emprender la marcha, el anciano maestro le dijo en voz baja a su discípulo: Es hora de que aprendas la lección que nos trajo a estos parajes. Después de todo, lo único que habían visto durante su corta estadía eran los resultados de una vida de conformismo y mediocridad, pero aún no estaba del todo claro para el joven discípulo cuál era la causa que había originado tal estado de abandono.

Esta era la verdadera lección, el maestro lo sabía y había llegado el momento de enseñársela. Ante la incrédula mirada del joven, y sin que este pudiera hacer algo para evitarlo, súbitamente el anciano sacó una daga que llevaba en su bolsa y de un solo tajo degolló a la pobre vaca que se encontraba atada a la puerta de la vivienda. ¿Qué has hecho maestro? –Dijo el joven susurrando angustiadamente para no despertar a la familia. ¿Qué lección es esta que deja a una familia en la ruina total? ¿Cómo has podido matar esta pobre vaca que era su única posesión? Sin inmutarse ante la preocupación de su joven discípulo y sin hacer caso de sus interrogantes, el anciano se dispuso a continuar su marcha.

Así pues, dejando atrás aquella macabra escena, maestro y discípulo partieron. El primero, aparentemente indiferente ante la suerte que le esperaba a la pobre familia por la pérdida del animal. Durante los días siguientes al joven le asaltaba una y otra vez la nefasta idea de que, sin la vaca, la familia seguramente moriría de hambre. ¿Qué otra suerte podían correr tras haber perdido su única fuente de sustento?

La historia cuenta que, un año más tarde, los dos hombres decidieron pasar nuevamente por aquel paraje para ver qué había ocurrido con la familia. Buscaron en vano la humilde vivienda. El lugar parecía ser el mismo, pero donde un año atrás se encontraba la ruinosa casucha ahora se levantaba una casa grande que, aparentemente, había sido construida recientemente. Se detuvieron por un momento para observar a la distancia, asegurándose que se encontraran en el mismo sitio.

Lo primero que pasó por la mente del joven fue el presentimiento de que la muerte de la vaca había sido un golpe demasiado duro para aquella pobre familia. Muy probablemente, se habían visto obligados a abandonar aquel lugar y una nueva familia, con mayores posesiones, se había adueñado de éste y había construido una mejor vivienda. ¿Adónde habrían ido a parar aquel hombre y su familia? ¿Qué habría sucedido con ellos? Quizás fue la pena moral la que los doblegó.

Todo esto pasaba por la mente del joven mientras se debatía entre el deseo de acercarse a la nueva vivienda para indagar por la suerte de los antiguos moradores o continuar su viaje y así evitar la confirmación de sus peores sospechas. Cuál no sería su sorpresa cuando, del interior de la casa, vio salir al mismo hombre que un año atrás les había dado posada. Sin embargo, su aspecto era totalmente distinto. Sus ojos brillaban, vestía ropas limpias, iba aseado y su amplia sonrisa mostraba que algo significativo había sucedido. El joven no daba crédito a lo que veía. ¿Cómo era posible? ¿Qué había acontecido durante ese año? Rápidamente se dispuso a saludarle para averiguar qué había ocasionado tal cambio en la vida de esta familia. -Hace un año, durante nuestro breve paso por aquí –dijo el joven- fuimos testigos de inmensa pobreza en la que ustedes se encontraban. ¿Qué ocurrió durante este tiempo para que todo cambiara?

El hombre, que ignoraba que el joven y su maestro habían sido los causantes de la muerte de la vaca, les contó cómo, casualmente el mismo día de su partida, algún maleante, envidioso de su escasa fortuna, había degollado salvajemente al pobre animal. El hombre les confesó a los dos viajeros que su primera reacción ante la muerte de la vaca fue de desesperación y angustia. Por mucho tiempo, la leche que producía la vaca había sido su única fuente de sustento. Más aún, poseer este animal les había ganado el respeto de los vecinos menos afortunados quienes seguramente envidiaban tan preciado bien. -Sin embargo –continuó el hombre- poco después de aquel trágico día, nos dimos cuenta que, a menos que hiciéramos algo, muy probablemente nuestra propia supervivencia se vería amenazada.

Necesitábamos comer y buscar otras fuentes de alimento para nuestros hijos, así que limpiamos el patio de la parte de atrás de la casucha, conseguimos algunas semillas y sembramos hortalizas y legumbres para alimentarnos. -Pasado algún tiempo, nos dimos cuenta que la improvisada granja producía mucho más de lo que necesitábamos para nuestro sustento, así que comenzamos a venderle algunos vegetales que nos sobraban a nuestros vecinos y con esa ganancia compramos más semillas.

Poco después vimos que el sobrante de la cosecha alcanzaba para venderlo en el mercado del pueblo. Así lo hicimos y por primera vez en nuestra vida tuvimos dinero suficiente para comprar mejores vestidos y arreglar nuestra casa. De esta manera, poco a poco, este año nos ha traído una vida nueva.

Es como si la trágica muerte de nuestra vaca, hubiese abierto las puertas de una nueva esperanza. El joven, quien escuchaba atónito la increíble historia, entendió finalmente la lección que su sabio maestro quería enseñarle. Era obvio que la muerte del animal fue el principio de una vida de nuevas y mayores oportunidades.

El maestro, quien había permanecido en silencio escuchando el fascinante relato del hombre, llevó al joven a un lado y le preguntó en voz baja: -¿Tú crees que si esta familia aún tuviese su vaca, habría logrado todo esto? -Seguramente no –respondió el joven. -¿Comprendes ahora? La vaca, además de ser su única posesión, era también la cadena que los mantenía atados a una vida de conformismo y mediocridad.

Cuando ya no contaron más con la falsa seguridad que les daba sentirse poseedores de algo, así sólo fuera una flacucha vaca, tomaron la decisión de esforzarse por buscar algo más. -En otras palabras, la vaca, que para sus vecinos era una bendición, les daba la sensación de no estar en la pobreza total, cuando en realidad vivían en medio de la miseria. -¡Exactamente! –Respondió el maestro-.

Mensaje final:

A menudo buscamos la satisfacción propia, más allá de que esta sea ambiciosa o conformista. El simple hecho de sentir seguridad y pensar que existen otras personas, más infelices que nosotros, nos hunden en un barrando del cual es “casi” imposible salir.

El conformismo es un mal que muchas veces se apodera de nosotros, no nos permite mirar más allá del horizonte, el saber que tenemos para “sobrevivir” sin tener que preocuparnos por progresar, es como vivir toda la vida sobre un árbol de manzanas, las comerá y podrá tal vez no morir de hambre, pero al final no sabrá qué hacer cuando este árbol deje de producir por distintas circunstancias. En ese momento tiene dos alternativas: se morirá de hambre o tal vez recién en ese momento, comience a descubrir sus habilidades.

El problema se suscita cuando esperamos que nos sucedan cosas malas o muy fuertes para recién reflexionar sobre nuestra situación. La historia habla de un animal “la vaca”. Sin embargo la vida suele golpearnos en donde más nos duele: hijos, padres, pareja, hermanos. Existen ocasiones en que recién ante este tipo de situaciones, nos ponemos a pensar sobre hacer un cambio radical en nuestra forma de vivir.

Nosotros mismos solemos ponernos los obstáculos, nos creamos excusas que incluso para nosotros suenan absurdas, sin embargo caemos como bebés recién nacidos ante nuestra mediocridad.

¡No esperemos más! Es hora de dejar ir a nuestra vaca y buscar la mejor manera de salir adelante. No esperemos una situación trágica como la de la historia, solo recapacitemos y entendamos a donde nos va a llevar nuestra manera de vivir.

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